HH CONGRESO EN EL TIEMPO

Entre el crepúsculo del siglo XVII y el amanecer de la mitad del siglo XVIII, la ciudad de Valladolid, Michoacán, (actual Morelia fundada el 18 de mayo de 1541), vio su mayor auge constructivo. Acaudaladas familias de europeos habitaban en el primer cuadro de la ciudad. Destacados personajes de la política, el comercio y las letras de la Nueva España, construyeron en piedra rosada de cantera sus mansiones y palacetes, siguiendo la pauta de un estilo barroco templado por una sobria elegancia. Su estatus socioeconómico siempre era perfilado por la cercanía a la majestuosa Catedral, a sus dos espaciosas plazas, o a su calle principal, “la Calle Real”, hoy Av. Madero.

Por otro lado, pese a que el territorio inmenso en forma de triángulo isósceles que comprendía el Obispado de Michoacán, lo integraban fragmentos y territorios completos de diez actuales de la República Mexicana, e importantes ciudades como Guanajuato o Querétaro; su capital episcopal era Valladolid. Así, dicha jurisdicción eclesiástica tenía desde 1684, por Obispo a Don Juan de Ortega y Montañés.

UN PALACIO PARA EL OBISPO-VIRREY

Y fue precisamente este prelado quien en 1695 adquiere un enorme predio, situado al oriente de la catedral para en el construir su fastuoso Palacio Episcopal. Según escrituras notariales el perímetro de la propiedad constaba de casi toda la actual cuadra, en cuya esquina noreste hoy se ubica el hermoso inmueble que alberga al “Hotel HH Congreso”.

El lujo y la majestuosidad del inmueble quizá iba acorde con la elegancia y la opulencia con que solían vivir las nobles familias vallisoletanas en el primer cuadro de la cuidad y con el rango de la autoridad que era su propietaria; sin embargo, según reza la tradición, las críticas de la población respecto al palacio episcopal por su falta de humildad y sobriedad, no se hicieron esperar.

Coincidentemente en 1700, Don Juan de Ortega y Montañés, se convirtió en la máxima autoridad del territorio mexicano, pues fue nombrado Arzobispo de México y Virrey de la Nueva España, viéndose obligado, en 1705 por orden expresa del Rey, a donar su Palacio Episcopal para la reubicación del antiguo hospital de la ciudad, mismo que a partir de entonces quedó a cargo de la Orden de los frailes Juaninos o de San Juan de Dios.

DE HOSPITAL DE SAN JUAN DE DIOS A HOTEL

A lo largo del siglo XVIII, el ya entonces, Hospital de San Juan de Dios, terminó su construcción, incluyendo una capilla doméstica ubicada al lado oriente y contigua directamente al Hotel HH Congreso, culminada igualmente en ese siglo. Debido a la gran extensión del hospital, algunos cronistas de la época testimonian que en él, era posible asistir hasta 250 enfermos. El predio ocupado en el ala norte por el hospital limitaba al norte con las entonces “Calle Real” (Av. Madero), al oriente con la “Calle de la Serpiente” (hoy Virrey de Mendoza) y al poniente con la “Calle de Mira al Rio” (actual Morelos sur).

Fue hasta el año de 1857, tras aplicarse las Leyes de Reforma y la secularización de bienes eclesiásticos, cuando fue fraccionado el inmueble y adjudicado en partes, principalmente a dos propietarios: el comerciante alemán Pedro Schmith, y al ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne. Hacia 1883 debido a la amplitud y a la distribución de su espacio, esta casona fue convertida en el “Hotel del Campo” y toda su parte frontal en accesorias o tiendas destinadas al comercio. En la década de 1930, había cambiado su nombre a “Hotel Europa” y sus propietarios fueron una prominente familia de empresarios morelianos de apellido Figuaredo.

LA BELLEZA ARQUITECTÓNICA DEL HOTEL HH CONGERSO 

La casona que hoy ocupa el Hotel “HH Congreso” es uno de los pocos vestigios de lo que fuera el antiguo “Hospital de San Juan de Dios” pues conserva buena parte de la estructura arquitectónica y elementos ornamentales propios del ocaso del siglo XVIII. Al norte se encuentra su fachada principal, dividida en dos niveles simétricos. En su nivel superior destacan la belleza de sus balcones “volados” (balcones sobresalientes a  la fachada), tan característicos del barroco dieciochesco y desde los cuales se han testimoniado innumerables hechos históricos como la entrada por la Calle Real, del Emperador Agustín de Iturbide, (vallisoletano de nacimiento), en 1821; o tradiciones centenarias como el baile de los populares Toros de Carnaval y las procesiones de Semana Santa; sin contar el ir y venir cotidiano de su avenida principal.

En el nivel bajo de dicha fachada principal, los aparadores y amplios vanos abren a tiendas que han sido comercios de gran tradición entre los habitantes de la cuidad y propiedad de importantes negociantes como los polacos Wulfovich a principios del siglo XX y recientemente a la familia michoacana Villicaña, creadores de “Regalos Real”, una de las tiendas de más renombre en su ramo y propietarias de la propiedad que alberga el Hotel desde la década de los setenta del siglo pasado.

La fachada lateral de nuestro hotel, ubicada sobre la antigua Calle de la Serpiente” (después Calle de las Cocheras, hoy virrey de Mendoza) fue reconstruida totalmente en el siglo XIX, dotándola de once vanos y balconería cuyas jambas y dinteles ricamente moldurados, nos muestran un estilo ecléctico afrancesado y neoclásico.

La fachada posterior, (en el ala sur del hotel), que fue realizada en 1970 para dejar a la vista la antigua capilla del hospital, luce 14 vanos que se abren hacia una privada y cuyo estilo arquitectónico imita la decoración de los marcos de las ventanas y balconería de la fachada oriente.

El ingreso al edificio se hace por un imponente portón de fastuosa madera y su recibidor techado en viguería desemboca a la luz de un hermoso y sobrio patio rectangular, circulado por dos niveles de arcadas. El inferior posee arquería sostenida por típicas pilastras barrocas ochavadas, éstas pilastras y sus arcos de tres puntos nos inducen a pensar que la construcción de esta parte del edificio es la que corresponde a su primera época como Palacio Episcopal, es decir a finales del siglo XVII. Es armoniosa en luces y sombras que declaran su estripe estilística.

En el nivel superior de la arquería y techumbre, crecen su altura, los arcos y los arcos ahora son sostenidos por columnas toscanas, que lo refieren de factura posterior, quizá ya de las postrimerías del siglo XVIII. Bajo las cornisas que enmarcan el noble domo del patio, además de las gárgolas, se encuentran labradas como elementos ornamentales muy característicos de la ciudad, esbeltas y pequeñas guardamalletas que le dotan de mayor barroquismo.

Así mismo su distribución espacial es la propia de las construcciones coloniales vallisoletanas. Dos de sus corredores se encuentran comunicados por numerosas puertas a las añosas tiendas del exterior por el lado oriente y por el poniente dan a múltiples habitaciones. Al centro del mismo patio, en el corredor sur y en eje con el portón principal, se abre una bella y anchurosa escalera que en “u” nos lleva al segundo piso.

Al subir por la escalera también se puede observar un gran cuadro mural de paisaje campirano, obra del destacado pintor guanajuatense Pedro Cruz, (igualmente autor de los murales que decoran el interior del fastuoso Santuario de Guadalupe de esta ciudad), donde están representados emblemáticamente algunos de los miembros de la familia Villicaña, ahora propietarios de este bello edificio por décadas.​

Por su valor histórico y arquitectónico, el edificio que alberga al hotel es uno de los  1,113 inmuebles catalogados ante la UNESCO como monumentos históricos, que convierten a Morelia en Ciudad Patrimonio de la Humanidad.